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Muchos clientes no tenían ni idea de lo que era una 'revolving'

  • Cada vez hay más consumidores que optan por denunciar a la entidad por falta de transparencia y por usura

  • Cuatro casos diferentes de afectados por este tipo de tarjetas

Demian trabajaba en 2009 en un almacén de construcción en un polígono industrial de Girona. Hasta allí llegó un día una chica que ofrecía contratar tarjetas de crédito. En plena crisis a este hombre, que iba justo de dinero, le pareció una buena solución. “Nos dijo que tenía un límite de 3.000 euros y que funcionaba como una tarjeta de crédito normal”, recuerda ahora. Lo que no sabía entonces, y no supo hasta hace apenas año y medio, es que acababa de contratar una tarjeta revolving.

El usuario, por defecto, firma que fracciona el pago de sus compras y que abona solo un mínimo de lo gastado (suele ser también la opción por defecto). Los tipos de interés en este caso rondaban el 27% TAE y como se devolvía muy poco al mes, el resultado fue una enorme bola de deuda con el paso del tiempo.

De todo esto Demian se enteró tras acudir al grupo de abogados, ‘Reclama por mi’, tras ocho años intentado saldar con Wizink el préstamo que no hacía más que crecer. “En todo ese tiempo solo me enviaron una carta para decirme que habían ampliado el límite disponible a 6.000 euros. Yo no lo había pedido ni lo había autorizado. Con el tiempo dejé de utilizarla y estuve pagando 170 euros al mes durante un año. Todo ese dinero fue a pagar intereses”.

La Audiencia Provincial de Girona acaba de darle la razón en su reclamación al banco. Ha considerado nulo el contrato por usura y ha obligado a la entidad a devolver a Demian todo lo que pagó más.

De la mano de un préstamo personal

Antonio nunca contesta a una llamada si no sabe quién la realiza. Es la consecuencia de haber sufrido el acoso telefónico de las empresas que quieren cobrar lo que le exige el contrato de su tarjeta. A él se la ofreció en 2016 el Banco Sabadell tras firmar un préstamo solicitado para hacer obras en casa.

“Me dijeron que era un tema interesante por si tenía necesidad de pagar algo. Que ya tenía el dinero concedido. Pensé, pues si la necesito, la usaré”. Finalmente tuvo que utilizar la tarjeta para hacer frente a algunos sobrecostes de esas obras. Lo hizo sin saber que tenía un TAE del 40,87%. “Yo veía que estaba pagando mucho, que no amortizaba nada, que siempre debía lo mismo”.

La gota que colmó el vaso fue que la entidad utilizó el pago de las últimas cuotas del préstamo personal para saldar parte de los intereses de la revolving, en contra de lo que Antonio había pactado con ellos. “Sentí que se habían reído de mí”. En ese momento, decidió poner todo este asunto en manos también de los abogados ‘Reclama por mí’, que han presentado ya más de 1.300 demandas por este producto.

El proceso judicial también ha fallado a favor de Antonio. Ya hay sentencia firme que también ha considerado nulo este contrato y obliga al Banco Sabadell, que se negó a llegar a un acuerdo extrajudicial, a restituir las cantidades pagadas de más. “Es un problema de falta de información y de transparencia. Si yo hubiera sabido que era una tarjeta revolving, jamás la hubiera aceptado, porque ahora sé que era imposible pagar los intereses”.

A Antonio este proceso le llevó también al fichero de morosos. Aún hoy, con sentencia firme a su favor, sigue figurando en el fichero y continúa recibiendo llamadas reclamándole el dinero.

Cuando menos te lo esperas

Agustín y su mujer estaban en el aeropuerto a punto de volar de viaje a Marruecos. Un comercial de Citibank se les acercó para ofrecerles una tarjeta de crédito. “En ese momento nos encajó, pero lo cierto es que no nos explicaron nada del funcionamiento”, recuerda. “Te la venden ya con el pago fraccionado. Si no tienes mucho conocimiento sobre el funcionamiento de estas tarjetas en poco tiempo los intereses son de tal magnitud que el problema es inabarcable”.

Ellos no eligieron nada, ni el límite del crédito, ni el importe de los pagos, ni recibieron –como la mayor parte de quienes tienen este producto— un cuadro de amortización para ver cómo estaban saldando el préstamo. Nada. Tampoco encontraron explicaciones cuando se dirigieron a la entidad. Les contestaron que era un servicio asociado sobre el que no tenían responsabilidad. Este matrimonio decidió saldar la deuda y olvidarse para siempre de la tarjeta revolving.

La letra pequeña milimétrica

El abogado de Pilar, nombre ficticio, se ha tenido que comprar una lupa para poder leer el contrato de su cliente. Es literal. No hay otra forma de entender el contrato que firmó esta ama de casa en el año 2007. A Pilar le vendieron una tarjeta cuando iba a hacer la compra en un supermercado. “Le hicieron firmar en plena calle”, explica su letrado, Juan Huerta.

La cantidad inicial, 1.250 euros, parecía asumible y presentaba plazos de devolución asequibles. “No consideró que fuera un producto arriesgado cuando lo contrató”. A la cuenta bancaria, además del pago de intereses del 26% también cargaron seguros de viaje y de salud. Las únicas cartas que recibía Pilar eran del estilo: “como es un buen cliente le ampliamos el crédito”.

Pasados doce años de la contratación, ahora el banco le reclama que pague de golpe todo lo que debe: 8.000 euros. Ella ha reclamado a la entidad y acaba de iniciar el proceso judicial.