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Putin visto por Hélene Carrere: obsesionado por el pasado y por el covid

Todos tenemos en mente la larga mesa de mármol que separaba, casi en una imagen irrisoria, el encuentro de Macron y Putin de hace algunas semanas, antes de que la guerra estallara contra Ucrania sin vuelta atrás.

Aquella estampa que dio la vuelta al mundo, y a la que muchos no encontraban una explicación, encaja con el perfil que la afamada historiadora francesa, Hélène Carrère, madre del escritor Emmanuel Carrère, y gran especialista en la URSS ofrece en una entrevista en la prensa italiana. Un hombre cada vez más dominado por sus obsesiones.

La sucesión de los hechos, cada vez más irrefrenables ante la violencia y la contundencia con la que está actuando el Kremlin, lleva a muchos a pensar que Putin esté, cada vez de forma más evidente, distorsionando una realidad hasta perder el control. La historiadora francesa se muestra absolutamente sorprendida de las decisiones recientes del Gobierno ruso, sobre todo desde un punto de vista estratégico en el que, las últimas sanciones de la UE y el G7, terminar por cerrar el mercado internacional para un país que se había convertido en una grandísima potencia mundial y que verá escapar sus posibilidades de expansión y actuación ante un recelo siempre mayor de los demás actores políticos. Carrère expresa que esta escalada de violencia es muy poco beneficiosa para el propio Putin.

En esta visión de Putin, cada vez más disociada de la realidad, en la que muchos analistas han incidido en los últimos días tiene una conexión con el pasado de la Unión Soviética. Y es aquí donde Hélène Carrerre establece un paralelismo muy llamativo: Putin empieza a pensar como lo hacían los zar, considerando directamente los ucranianos menos que los rusos, infravalorándolos y creyendo que la invasión sería cosa de dos días. La historiadora explica además que este fallo del alcance de sus actos y de la propia respuesta del pueblo ucraniano ha llevado al ejército ruso a debilitarse, algo inesperado por la infraestructura militar con la que cuenta y que no se espera que sea decisivo, pero puede modificar el devenir de los hechos en los próximos días.

Comportamiento "maniaco y obsesivo"

Los expertos como Carrère apuntan a un comportamiento cada vez más maníaco del presidente ruso, obsesionado con el COVID y con una actitud, según demuestra lo poco que puede obtenerse de tu entorno y de sus pocas apariciones públicas, cada vez más paranoica. En esa visión limitada de la realidad con la que perfilan a Putin está una continua vuelta al pasado con mensajes más parecidos a los que se intercambiaban en la Guerra Fría que a los de la actualidad, como las amenazas de bombas atómicas que ha lanzado más de una vez en las últimas horas.

La clave de su derrota, apuntan muchos estos días, será en la posible o no insumisión de los propios ciudadanos rusos ante la apuesta por la brutal violencia de su líder. Hélène Carrerre hace mención al contexto del país, sumido desde hace años en una gran censura que controla, por ejemplo, la televisión y la prensa. A los periodistas, también aquellos enviados especiales de otros países, les está prohibido usar la palabra “guerra” en sus artículos o trabajos desde Rusia. Pero la historiadora insiste que hay un arma que Putin no puede controlar: internet, y eso puede ser definitorio. Lo demuestra el vídeo que Anonymous que amenazaba con desvelar los mayores secretos del presidente ruso y con hackear la infraestructura gubernamental del país.

Todos los ojos lo miran con odio

La apertura de Putin en las últimas décadas, sobre todo antes del conflicto de Crimea de 2014, y la visión de los ciudadanos de un “salvador”, había marcado un carácter relativamente abierto, también con el exterior. Se había posicionado como un gran líder, sobre todo a nivel económico gracias a su poder energético, y era incluso respetado por las élites de otros países que lo necesitaban en el flujo de mercado mundial.

Algunos de sus gustos personales lo demostraban, se definía como un gran lector, por ejemplo, de poetas y novelistas rusos como Tolstói, pero también grandes universales como ‘El principito’, que en una entrevista confesó saberse de memoria, o los clásicos de Dumas o Julio Verne, que adoraba especialmente de joven. Esa imagen de un hombre apegado firmemente a su convicción de ruso pero con el poder de interacciones con los otros agentes geopolíticos se desvanecía estos días.

Los violentos pasos han cambiado por completo para siempre la visión de un hombre encerrado en sí mismo, dominado por un ansia de poder a cualquier precio. Sus homólogos internacionales tejen ahora un hilo de distancia y desdén que será muy difícil de romper en un futuro próximo.