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Las claves de la investigación en el caso de las niñas desaparecidas en Tenerife

05/06/202103:30h.
  • Gimeno le dijo a la madre que no volvería a verlas y que se encargaría bien de las niñas

  • Las cámaras de seguridad grabaron al hombre sacando seis bultos del coche que luego cargó en su barca

  • La búsqueda se centra en el mar, donde creen que pudo arrojar los cuerpos de las menores antes de suicidarse

Los investigadores de la Guardia Civil llevan más de un mes tratando de encontrar alguna pista para dar con el paradero de Tomás Gimeno y sus hijas, Olivia de seis años y Anna de uno, desaparecidos en Tenerife. Reconstruyen todos los movimientos que hizo el hombre ese día. No descartan ninguna hipótesis, aunque con el paso del tiempo la que más tiempo cobra es que el hombre acabó con la vida de las niñas y después se suicidó. 

Repasan continuamente cada detalle, aunque de momento no han obtenido ningún indicio concluyente. Por eso centran la búsqueda principalmente en el mar, siguiendo el rastro que dejó su teléfono móvil.

La desaparición

El 27 de abril Gimeno recogió a Anna en casa de Beatriz, su madre, y a las 18:30 horas fue a recoger a Olivia al campamento La Villa, cerca del Colegio Alemán en el que estaba escolarizada. No existía un convenio regulador ni sentencia judicial para las visitas de las menores, por lo que se establecían de mutuo acuerdo.

Antes de recoger a sus hijas el hombre de 38 años, había pasado por la Marina de Santa Cruz para comprobar si el motor de su embarcación funcionaba. Fueron en su coche hasta la casa de los abuelos paternos. Una hora después se marcharon a su domicilio en el municipio de Candelaria. Recuerdan que al marcharse empleó un tono que los padres interpretan como de despedida, pero no les indicó a dónde se dirigían.

Los vecinos aseguran que oyeron al padre jugando con las pequeñas aquella tarde. Es una finca muy grande, con columpios en la parcela y una casa de tres plantas. Sobre las 21:00 la madre acudió a recoger a las niñas pero no estaban dentro. Llamó por teléfono a Gimeno, que le contó que habían salido a cenar y que al acabar las llevaría a su domicilio en Radazul.

Agentes de científica han inspeccionado la casa determinar si pudo producirse algún hecho violento en el interior y han rastreado cada centímetro con perros especializados en detectar restos orgánicos. Recogieron algunos botes con unos líquidos que han analizado, aunque esas muestras no han arrojado ninguna luz en el caso. También un rollo de bolsas de basura que podrían ser las mismas con las que se vio partir a Gimeno en las imágenes grabadas en el puerto de la Marina.

Seis bultos 

A las 21:30 las cámaras de seguridad del puerto le grabaron llegando en su coche. Un trabajador tuvo que abrirle una barrera para acceder. Gimeno estaba solo. Estacionó en la dársena número 10. Bajó seis bultos e hizo tres viajes para cargarlos en su barca. Después salió a navegar.

Con unas cámaras especiales tratan de determinar ahora si esos bultos podrían corresponder a los cuerpos de las niñas e intentan calcular sus medidas y peso aproximados. Una patrullera del Servicio Marítimo del instituto armado dio el alto a Gimeno a las 23:30 cuando regresaba al puerto. Registraron su lancha pensando que podría estar relacionado con el narcotráfico pero no encontraron nada extraño.

Sospechan que en ese intervalo de tiempo pudo arrojar los cuerpos de las niñas al mar. También habló con Beatriz varias veces. Le confesó que no volvería a verlas, ni tampoco a él, que no se preocupara que se iba a encargar bien de las niñas, y que no iba a volver a saber nada más de ellos.

Preocupada la madre acudió al cuartel de la Guardia Civil de Radazul, desde donde volvió a llamarle varias veces. El teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Sobre la 01:30 volvieron a hablar por última vez. 

A las 6:00 de la mañana la madre intentó localizarle, pero el dispositivo ya no daba señal. Acudió al cuartel de Candelaria para presentar una denuncia por sustracción de menores. El teléfono no ha sido encontrado. Por eso han tenido que clonar su tarjeta y hacer pruebas desde el mar con las antenas para poder obtener su geoposicionamiento y trazar el recorrido que hizo aquella noche. 

El fondo del mar

Así han podido determinar que permaneció casi todo el tiempo en la zona en la que ahora trabaja el buque Ángeles Alvariño del Instituto Español de Oceanografía. Han dividido el lecho marino en cuadrículas y un equipo de geólogos va repasando el fondo una y otra vez. Con un sonar pueden discriminar si encuentran por ejemplo un banco de peces, rocas o metales. 

Con un robot submarino pueden ver además cómo es ese objeto y si coincide con lo que buscan. Es habitual encontrar basura o anclas caídas. Cuando llevan mucho tiempo depositadas entran a formar parte del ecosistema, por lo que solo analizan los residuos más superficiales y que llevan menos tiempo. El perímetro de rastreo abarca las 10 millas cuadradas y van avanzando hacia el sur y el oeste, siguiendo la dirección de las corrientes. 

Su objetivo es localizar los cuerpos de las pequeñas, las bolsas que utilizó para trasportarlos u otros elementos que pudo emplear para lastrarlos a más de 1.200 metros de profundidad. Como el ancla de su lancha o un cinturón de buceo que el padre utilizaba, de más de 8 kilos de peso. Cerca de la embarcación encontraron además la sillita para el coche que usaba la hija menor. 

El último adiós

Gimeno regresó después al puerto y fue sancionado por saltarse el toque de queda. Amarró su barca y se marchó a una gasolinera cercana para comprar un cargador de teléfono móvil. Volvió a salir a navegar y estuvo enviando mensajes de despedida a sus familiares y amigos. La barca fue encontrada vacía y a la deriva tras más de 15 horas sin control, con restos de sangre suya.

Todo hace pensar que pudo autolesionarse y después arrojarse al mar, utilizando algún objeto para aumentar su peso y ser arrastrado al abismo. El hombre había sido detenido en varias ocasiones y según el perfil que han elaborado los expertos en psicología y criminología de la Guardia Civil analizando sus conductas e interrogando a su entorno más cercano tiene rasgos coincidentes a los de un secuestrador: consumía drogas habitualmente, era violento y se había peleado con familiares o vecinos en los bares, no quería que sus hijas estuvieran con su nueva pareja, un ciudadano belga de 60 años y un alto poder adquisitivo, a quien también agredió el pasado verano. Todo parece indicar que fue un crimen premeditado.